No terminaba de acostumbrarme a mi "nueva vida" con mis compañeros de piso. Unos días estaba deseando que me follaran y otros… Bueno, en realidad, siempre estaba desando que me follaran. Pero unas veces la humillación me excitaba hasta límites insospechados, y otras, me molestaba. Estos bruscos cambios de ánimo se reflejaban en mi sumisión, y algunas veces me ganaba una bronca, una bofetada o una buena azotaina de alguno de ellos, que encajaba con impotencia y resignación.
Una mañana, Jorge estaba viendo la tele.
- Anda ven aquí – dijo sin mirarme – haz algo útil y chúpamela.
Era uno de esos días en que me sentía especialmente irascible, pero no dije nada. Me acerqué sumisamente hasta su entrepierna y busqué su polla apartando los calzoncillos con los dientes. Estaba semierecta, y bastaron un par de chupadas y lamerle el capullo un rato para que se terminara de poner completamente dura. Jorge me agarró del pelo con violencia y empezó a follarme la boca hasta rozarme la campanilla. Me atraganté y tosí. Empecé a intentar retroceder y a hacer aspavientos con las manos, y me la sacó.
- ¿Qué coño pasa, que ahora ya no sabemos ni hacer una mamada?
No contesté. Le miré a los ojos, desafiante. Estaba enfadada y no conseguía saber por qué. Endureció la mirada y, algo asustada, la bajé, pero no respondí.
- Te estoy preguntando que si ya no sabes mamar – insistió.
- Simplemente me he atragantado – contesté.
- Pues tú verás, pero como no me guste o como te atrevas a intentar volver a sacártela, clavarme los dientes, o cualquier jugarreta, el castigo va a ser de órdago.
- Lo siento – terminé respondiendo, sumisa pero aún enfadada.
- Pues deja de sentirlo tanto y mama bien.
Volví a metérmela en la boca y me esmeré en hacerle un buen trabajo, tragándomela entera, lamiendo sus huevos, absorbiendo, apretando con los labios, ensalivando el glande, alterando el ritmo, recogiendo las gotitas de líquido preseminal con la lengua…
Jorge gruñó y me mantuvo la cabeza levantada agarrándome aún del pelo.
- Pajéame sólo con la mano, quiero que mi leche aterrice en tu cara – me ordenó entre jadeos.
No tardó en empezar a correrse. Los espasmos eran brutales y me agarró del pelo con más violencia, gimiendo. Mi cara terminó completamente pringada de semen. Instintivamente saqué la lengua y me lamí el que había alrededor. Él me miró, burlón, y se sujetó la polla, echando la piel hacia atrás, mostrándome los restos.
- Si te quedas con ganas, aquí tienes más.
Sabía que no era una opción sino una orden. Siempre debía dejársela reluciente, tanto a él como a cualquiera que me usara. Cuando estuvo satisfecho me apartó y se subió los calzoncillos de nuevo.
- Ponte algo de ropa y tráeme el periódico.
- ¿Puedo ir a limpiarme? – solicité, dando por hecho que me respondería que sí.
Pero me miró, malicioso.
- No. He dicho que me vayas a comprar el periódico, no que te limpies.
- Pero me verá todo el mundo – protesté.
- Razón de más para que lo hagas, ¿no? Una buena humillación matutina. Tampoco te quites el collar, es una mezcla exquisita. Vete a vestir como ya sabes que me gusta, te haces una coleta para que se te vea bien la carita, y vienes a que te supervise.
No intenté seguir protestando. Me peiné, me puse una falda corta negra y una blusa blanca semitransparente que marcaba mis pezones y salí.
- No sé, no me convences – dijo Jorge – pareces una golfilla, y tú sabes que no tienes que parecer eso, tienes que parecer un auténtico putón. Aunque la cara manchada ayuda, eso no lo niego… A ver, ven aquí.
Me apretó los pezones.
- Están duritos, ¿eso quiere decir que estás caliente?
- Un poco – admití.
- Pero no se ven bien ese par de melones, y quiero que los pezones se aprecien al cien por cien, insinuar es de ser una calentorra, pero como ya te digo tú doblaste ese rango hace un millón de años – me abrió la blusa casi hasta el centro y me subió la falda casi un dedo, de manera que, con cualquier movimiento, se me vería el culo y, en consecuencia, que no llevaba ni bragas ni, por supuesto, sujetador – pero aún falta algo… ¡ah, ya sé!
Abrió la botella de agua que tenía en la mano y se echó en la palma. Me la restregó contra una teta, apretando a conciencia el pezón y repitió la operación con la otra. Me agarró de los hombros y me llevó frente al espejo.
- ¿Qué ves? – me preguntó – si no me convence lo que me digas a lo mejor tengo que hacerte bajar desnuda, por si no es suficiente para ti.
Me observé. La cara completamente pringada de semen que empezaba a estar reseco, las tetas casi completamente fuera de la blusa, los pezones completamente transparentes y la falda que apenas me tapaba el culo.
- Una auténtica puta – contesté, con sinceridad. No había otras palabras posibles para describir semejante espectáculo – una zorra.
- Exacto – coincidió él, dándome un sonoro azote en el culo y volviendo al sillón – eso es exactamente lo que eres, cariño, no lo olvides nunca. Y lárgate, quiero leer el periódico ya. Si encuentras a algún vecino le saludas, y si les ves en el ascensor subes con ellos. Si no, por las escaleras a ver si te encuentras con alguno. Y si te hablan les contestas y con la cabeza bien alta. Que te vean la cara. Y por supuesto si te tocan te dejas. ¿Te has enterado?
- Sí – contesté, resignada.
- ¡Pues venga, lárgate!
Empecé a bajar las escaleras, deprisa. No cogí el ascensor porque nosotros vivíamos en el último piso y era evidente que no iba a haberme encontrado con nadie, y lo último que quería aquella mañana era un castigo.
Cuando iba por el cuarto piso oí la puerta. Intenté retrasar mi bajada por la escalera, pero el vecino, un hombre de cuarenta y tantos años, ya me había visto y me sonreía con lujuria, observándome de arriba abajo. Así que me vi obligada a bajar.
- Hola preciosa.
- Buenos días – me limité a contestar.
Intenté escabullirme, pero no parecía dispuesto a dejarme.
- ¿Adónde vas con tanta prisa? – preguntó, rozándome la pierna. Yo intenté alejarme un poco pero, entonces ya puso la mano con decisión – baja, cariño, baja, que yo voy detrás.
Bajaba los escalones deprisa, pero él seguía mi ritmo y en más de una ocasión me tocó el culo.
"Genial, y ahora se habrá dado cuenta de que no llevo bragas. Esto va de mal en peor".
Llegué al portal y agarré el pomo con decisión, deseando aspirar el aire fresco de la calle, pero el vecino no parecía satisfecho y continuaba detrás de mí.
- ¿Adónde vas con tanta prisa, cielo? – volvió a preguntarme.
No me quedó más remedio que decirle la verdad. No quería, porque estaba segura de que no se iba a despegar de mí, pero tenía la obligación de contestar a cualquier cosa y, evidentemente, decir la verdad.
- A comprar el periódico – contesté con sequedad.
- Anda, qué casualidad. Bueno, qué bien que nos hayamos encontrado. Además, una nena como tú seguro que va pidiendo compañía masculina, ¿verdad?
Cada vez me estaba enfureciendo más. ¿Me estaba llamando puta? Le miré con ojos centelleantes, parada en plena calle.
- No me mires así, bonita, si a nosotros nos gusta, y tú vas pidiendo guerra.
Me miró y me tocó la cara, bajando después los dedos por el cuello. Yo estaba obligada a dejarme tocar, si era por alguien así (amigos, conocidos, vecinos) y él, al ver que no me resistía, palpó uno de mis pezones. La gente nos miraba, unos de reojo y otros más descaradamente, y yo me moría de vergüenza, pero él parecía divertido, además de empezar a estar excitado. Se apretó el paquete con la mano.
- Si no subo pronto con el periódico… - empecé, intentando que me dejase en paz
- Claro cielo, ya vamos… venga, anda delante de mí – dijo, y noté que quería que lo hiciera para mirarme el culo. Después se puso a mi altura, decidido a humillarme más – estás buenísima, pero tendrías que haberte lavado la carita, no da muy buena imagen.
- Me limito a obedecer órdenes – dije.
- ¿Órdenes? ¿De quién? – empezó a interesarse él.
- Pues de quien tiene que dármelas.
Intenté dejarle ahí plantado, pero entró conmigo al lugar donde compraba los periódicos. Cogí rápidamente el que quería y me dirigí a la caja, sin mostrar demasiado la cara manchada, pero era apreciable desde lejos.
- Y esa persona que te ha ordenado eso – dijo mi vecino, en tono alto para que el dependiente lo oyese mientras me cobraba – es también que te ordena que te dejes sobar por los demás, y contestar con educación, ¿verdad?
El dependiente hizo como que no había oído nada, pero nos miraba de reojo.
- Sí – contesté simplemente, y salí de la tienda. Aquello empezaba a resultar un infierno.
- Y si te digo que me hagas una mamada, ¿estás obligada a hacérmela?
- ¡No! – exclamé enseguida, agradecida de que así fuera.
- Pero si a mí me apetece sobarte por donde quiera, tienes que dejarme.
Bajé la cabeza, avergonzada.
- Sí.
- ¿Puedes entrar en mi casa?
- No. Tengo que ir directamente a la mía.
- Bueno, supongo que a tu… a ese chico que te tiene dominada, no le importará que te magree un poco en el portal, ¿no?
- No. Pero yo no…
- Ya, ya. Tú no puedes hacer nada, de eso ya me he enterado, pero no te preocupes, que ya lo arreglaré yo con los chicos esos con quienes vives para poder gozarte a base de bien.
"Eso ni hablar" pensé.
Sacó su llave y abrió el portal.
- Entra, que te voy a meter un repaso.
Me cogió de la muñeca con firmeza y me apoyó contra el cristal de la puerta.
- Aquí nos ve todo el mundo – protesté.
Me abrió las piernas con su rodilla y me miró a los ojos.
- Eso es lo que quiero.
Empezó a recorrerme otra vez la cara con la mano y llegó a mi cuello.
- ¡Vaya! – exclamó con sorpresa – estaba demasiado ocupado mirándote el culo para fijarme en tu cuello. ¿Así que eres su perra?
- Sí.
- Interesante, ahora subiré contigo a tu casa. No te importa, ¿verdad?
Me encogí de hombros. ¿Qué más daba que me importase o no, si iba a hacerlo de todos modos? ¿Para qué iba a negarme? Pareció satisfecho y me desabrochó la blusa. Mis tetas se salieron, invitadoras, y pellizcó mis pezones.
- Buenas tetas, sí.
- Por favor, vamos dentro – supliqué – nos están mirando desde fuera.
- Cállate. Si quiere entrar alguien, esa puerta está libre.
Ya había dejado toda su falsa simpatía. ¿Para qué? Si ya había descubierto que no tenía que camelarme. Era una puta, y como tal, iba a hacer lo que se le antojase conmigo, dentro de los límites establecidos. También sabía que yo no me atrevería a mentirle.
Me metió un par de dedos en el coño, inusitadamente chorreante, de golpe.
- Joder pero si estás calada.
Los movió mientras yo adelantaba la pelvis, buscando sus caricias en mi clítoris. Cuando estuvieron suficientemente mojados, los sacó y me pringó la cara de mis flujos.
- Toma, bonita, toma, que esto va muy bien con la leche.
- Por favor – volví a intentarlo – que van a vernos.
- ¿Quieres quejarte con motivo?
Me agarró de los hombros y me hizo darme la vuelta. Me aplastó contra el cristal con brusquedad y la gente, que me veía desde fuera semidesnuda con las tetas aplastadas contra la cristalera, empezó a señalarme.
- Así no, lo siento, por favor déjame darme la vuelta, te lo suplico.
- Uf, cómo me pone oír suplicar a una perrita – dijo, poniendo mi culo contra su entrepierna para verificarlo – ¿estás segura de que no puedo follarte? Que te la clavo aquí mismo, ¿eh?
- Sí, estoy segura, deja que me dé la vuelta, por favor.
- Vale, te dejo que te des la vuelta y nos vayamos a un rincón si me la chupas.
- No puedo – protesté – no me dejan hacer eso.
- Entonces, espera un poco.
Me dio un par de azotes en el culo. La gente seguía señalándome. Un chico se había parado delante de nosotros y observaba la escena con la boca abierta. Mi vecino me metió otra vez los dedos en el coño y, empapado, empezó a metérmelo por el culo. Vio que no le costaba demasiado trabajo.
- Estoy catando tus agujeros – me explicó – pienso ir a pedirles a tus compañeros poder follarte bien follada. Si lo que quieren es dinero eso no es problema.
- Yo no soy una puta – dije.
- No, eres la Reina de Saba, no te jode…
Se cansó de magrearme y me hizo darme la vuelta. Con las manos totalmente pringadas de mis jugos me tocó la cara y el pelo y después fuimos al ascensor. No me apetecía nada que me acompañase hasta casa y me viera degradada hasta ese punto. Pero, como le dio al número ocho directamente, me resigné. Adopté mi posición de perra, a cuatro patas.
- ¿Vas a chupármela? –preguntó con lujuria.
Le eché una mirada furibunda.
- No. Así es como debo entrar – y me coloqué el periódico en la boca. Bueno, así por lo menos me ahorraba contestarle, pensé.
Se agachó a mi lado y me sobó hasta que el ascensor llegó a mi planta. Salí, a cuatro patas, y llamé al timbre. Mi vecino se quedó detrás de mí. Cuando Jorge abrió le miró con curiosidad. Yo le dejé el periódico en los pies y me escabullí como pude.
- Hola. Me he encontrado a la perrilla esta por ahí y venía a devolverla. Es culpa mía que llegue tarde – oí que decía – no he podido evitar pararme a meterle una buena sobada. Está tremenda, y con esas pintas… en fin.
- Lo entiendo, no se preocupe, culpa suya en todo caso. ¿Se ha dejado?
- Oh, desde luego, aunque no de buena gana. Pero no me ha dejado follarla.
- Bueno, claro – contestaba Jorge – es que eso hay que hablarlo, imagínese si dejamos que la monte cualquiera que la vea por la calle.
Lo dijo alto, para asegurarse de que le oía, y los dos empezaron a reírse a carcajadas.
- Lo entiendo, lo entiendo, pero, ¿no hacéis excepciones? En fin, soy de confianza y vivo solo, me gustaría un ejemplar como este para poder disponer de ella un buen rato.
Jorge me miró.
- Zorra, largo, no escuches conversaciones ajenas – después le dijo a nuestro vecino – ¿quiere pasar y discutir los detalles?
En mi cuarto rezaba para que no se pusieran de acuerdo. Pasaron cinco o diez minutos cuando Jorge me llamó:
- ¡Perra!
Acudí enseguida, solícita. La humillación contenida estaba bullendo dentro de mí, y sin saber si era con los demás, con la situación o conmigo misma, me sentía furiosa.
- Lávate la cara, que al vecino le has dado un poco de asco. Por cierto, se apellida Hernández, Señor Hernández para ti, y no se te ocurra tutearle.
- ¿Es que va a venir?
- No. Vas a bajar tú a su casa y le vas a pedir cortésmente pasar a su apartamento, a que haga lo que quiera contigo durante una hora y media.
Me puse de pie, furiosa.
- No pienso hacer eso – me rebelé.
- ¿Qué?
- ¡Que no pienso hacer eso! Que me uséis vosotros, vale, y lo de la tienda de animales, ¡pero esto ya es demasiado, y encima ganáis dinero a mi costa!
- ¡No he aceptado dinero ninguno, imbécil! – se enfureció él – que yo sepa que te mandemos follarte a cualquiera no estaba estipulado como uno de tus límites.
- ¡Pues lo pongo ahora, no pienso hacerlo! – dije, cohibida, pero enfurecida.
- Estás empezando a cansarme con tu rebeldía – me advirtió – si no te ves capaz de acatar unas simples órdenes, será que sólo eres una puta barata y a lo mejor es el momento de que te busques a alguien menos exigente.
Me quité el collar con lágrimas en los ojos y lo tiré al suelo.
- ¡Pues a lo mejor sí!
… … … …
Así fue como, aquel día, terminó todo. Permanecí en mi habitación durante mucho tiempo. Cuando salí por la tarde, aunque el ambiente estaba tenso, Jorge no estaba borde. Al fin y al cabo, habíamos terminado nuestro "juego", pero seguíamos siendo compañeros de piso, aunque la tensión se cortaba con cuchillo.
Durante los días que siguieron, todo permaneció igual. Salí, me divertí, y por primera vez en mucho tiempo me sentí libre. Entonces, ¿por qué no me sentía mejor? ¿Por qué echaba de menos mi vida anterior?
"Fácil" pensé "necesito distraerme, relacionarme con otra gente, y tal vez algo de sexo distinto".
Pero esa idea fue peor. Quedé con un antiguo amigo con el que alguna vez había sexo. Y lo hubo. Sexo anodino, aburrido. Le dije que me gustaban las cosas más "fuertes", pero sólo conseguí que me pusiera a cuatro patas.
Cuando volví a casa aquella noche, Jorge estaba en el salón. Nos miramos.
- ¿Qué tal? – me preguntó.
- Bien, pero…
- ¿Sí? – insistió él, viendo que me cortaba.
- Nada, bueno. Que lo siento. Haberme puesto así y eso, ya sabes.
- No te preocupes.
Me fui a mi habitación, algo más tranquila, pero dándome cuenta de que no me encontraba cómoda en esa casa. Encendí la luz y me quedé parada cuando distinguí mi collar de perra encima de la cama. El día de la bronca se había quedado tirado en el salón.
Enseguida me acosté, sabiendo perfectamente mis dos opciones: quedarme o irme de esa casa. Si me iba, tal vez algún día encontraría a alguien que me llenara, sexualmente hablando, o tal vez no. Si me quedaba disfrutaría y obedecería como antes, ya que, al haber perdido mi condición de perra, era consciente de lo mucho que la añoraba. Y me sorprendí a mí misma cuando me di cuenta de que ya había tomado mi decisión, aunque supusiera un buen castigo por mi rebeldía, arrastrarme y pedir disculpas mil veces y, por supuesto, dejarme humillar, usar y vejar de cualquier manera por mi vecino siempre que quisiera.
Era, al fin y al cabo, una perra. Y más valía reconocerlo a tiempo que negarlo para siempre.
